jueves, 26 de abril de 2012


Hablando del mensajero



El trabajo del periodista,- ahora que algunos empiezan a cuestionar la continuidad histórica, del segundo oficio más viejo del mundo-, aparte de contar bien  las noticias,

pasa también, por dar una interpretación de lo que pasa, cada uno, a su muy particular parecer.



No, no se asusten los puristas de la neutralidad informativa, los defensores de la  objetividad a toda costa, y demás zarandajas, que desde el ya clásico “la verdad os hará libres”, del Evangelio de San Mateo, constituyen el repertorio ético de la profesión, enriquecido con sabrosas píldoras más recientes en la memoria, como ésta pronunciada

por el artífice de la propaganda hitleriana, Joseph Paul Goebbels, verdadero envés del agitprop estalinista, y también, y muy a su manera, esencialmente, perverso: “Una mentira repetida mil veces, se convierte en una verdad”.

¡Qué contraste!, ¿verdad? Y entre medias, dos mil años de historia, de progreso tecnológico, - algunos exagerados dicen también que de decadencia, desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría, y la caída del Imperio Romano-.

La verdad es que el periodismo moderno, nacido en el alborear de la Ilustración, ha desarrollado sus sabios mecanismos de administración y distribución de la verdad, dicho sea, sin menoscabo de ésta. Así, tan tradicional cómo poner el árbol por Navidad, viene a ser la tradicional división, entre géneros informativos y de opinión. Algo de lo que seguramente, el Dr. Goebbels, tendría mucho qué decir ¿Por cierto, doctor en qué?

De él se decía por mimetismo, célebre cojitranco castigador de las estrellas de la Ufa,

Qué “la mentira es coja”. Qué mayor homenaje a su finura de manipulador político, cuyo repertorio se apoyaba, en unas cuantos dogmas, no me atrevo a decir conceptos, que repetía machaconamente y utilizando toda suerte de silogismos, que condujeran al subyugado receptor de sus violentas y timbradas arengas, hasta el fin perseguido.

Pues bien, hoy en el panorama político actual, - no se vayan muy lejos-, hay no pocos remedadores de este viejo arte, y de otras mañas-, que se empeñan en emporcar todos los días, con su renqueante y envenenada retórica, los foros de debate público, sembrando a sabiendas, la simiente de la discordia, y por qué no decirlo, de la mentira, sobre este viejo pueblo, tantas veces escaldado, pero orgulloso aún de su libertad.

Son, se dicen, políticos, depreciando y despreciando, la etimología griega del término; periodistas,- sin comentarios-, verdaderos voceros de la injuria, ventiladores de mierda ambulantes, que todos los días, se aúpan infatigables, como los enanos del cuento, hasta el púlpito de un micrófono, para esparcir por las ondas, un retrato de la actualidad, ajustado a sus taradas y deformantes mentes.

Toda una red de seudoemisoras y periódicos, cuyas cabeceras,- a tenor de su contenido-, hacen hilarantes y sarcásticas apelaciones al entendimiento humano; nos rocían todos los días, cómo un campo al que hay que purgar de la obra nefasta del liberalismo y la masonería, con su DDT intoxicante, que refleja la gran verdad invariable, aquella sobre la que se edificaron imperios de miseria y que llevó a millones de seres humanos al holocausto.

La cumbre de la cultura occidental.

Seguramente, el Dr. Goebbels sonríe complacido por éstos torpes émulos, que le han salido, al final del milenio, entre el suave crepitar de las llamas del infierno, donde purga ad eternum,   por sus pocos escrúpulos de antaño.

Pero este es un mundo de sordos.

Sería muy necesario, en las actuales circunstancias, que los profesionales de la cosa, y en general toda la sociedad responsable, hiciéramos un esfuerzo de honestidad no ya periodística, sino intrínsecamente personal, para intentar salir de este lodazal de mentiras y contramentiras, en el que nos hemos enfangado unos y otros, en nombre, curiosa paradoja, de la más acrisolada verdad.

Rafael Cordero Avilés

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