Hablando del mensajero
El trabajo del periodista,- ahora que algunos empiezan a
cuestionar la continuidad histórica, del segundo oficio más viejo del mundo-,
aparte de contar bien las noticias,
pasa también, por dar una interpretación de lo que pasa, cada
uno, a su muy particular parecer.
No, no se asusten los puristas de la neutralidad
informativa, los defensores de la
objetividad a toda costa, y demás zarandajas, que desde el ya clásico
“la verdad os hará libres”, del Evangelio de San Mateo, constituyen el
repertorio ético de la profesión, enriquecido con sabrosas píldoras más
recientes en la memoria, como ésta pronunciada
por el artífice de la propaganda hitleriana, Joseph Paul
Goebbels, verdadero envés del agitprop
estalinista, y también, y muy a su manera, esencialmente, perverso: “Una
mentira repetida mil veces, se convierte en una verdad”.
¡Qué contraste!, ¿verdad? Y entre medias, dos mil años de
historia, de progreso tecnológico, - algunos exagerados dicen también que de
decadencia, desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría, y la caída del
Imperio Romano-.
La verdad es que el periodismo moderno, nacido en el
alborear de la Ilustración, ha desarrollado sus sabios mecanismos de
administración y distribución de la verdad, dicho sea, sin menoscabo de ésta.
Así, tan tradicional cómo poner el árbol por Navidad, viene a ser la
tradicional división, entre géneros informativos y de opinión. Algo de lo que
seguramente, el Dr. Goebbels, tendría mucho qué decir ¿Por cierto, doctor en
qué?
De él se decía por mimetismo, célebre cojitranco castigador
de las estrellas de la Ufa,
Qué “la mentira es coja”. Qué mayor homenaje a su finura de
manipulador político, cuyo repertorio se apoyaba, en unas cuantos dogmas, no me
atrevo a decir conceptos, que repetía machaconamente y utilizando toda suerte
de silogismos, que condujeran al subyugado receptor de sus violentas y
timbradas arengas, hasta el fin perseguido.
Pues bien, hoy en el panorama político actual, - no se vayan
muy lejos-, hay no pocos remedadores de este viejo arte, y de otras mañas-, que
se empeñan en emporcar todos los días, con su renqueante y envenenada retórica,
los foros de debate público, sembrando a sabiendas, la simiente de la
discordia, y por qué no decirlo, de la mentira, sobre este viejo pueblo, tantas
veces escaldado, pero orgulloso aún de su libertad.
Son, se dicen, políticos, depreciando y despreciando, la etimología griega del término; periodistas,- sin
comentarios-, verdaderos voceros de la injuria, ventiladores de mierda
ambulantes, que todos los días, se aúpan infatigables, como los enanos del
cuento, hasta el púlpito de un micrófono, para esparcir por las ondas, un
retrato de la actualidad, ajustado a sus taradas y deformantes mentes.
Toda una red de seudoemisoras y periódicos, cuyas cabeceras,-
a tenor de su contenido-, hacen hilarantes y sarcásticas apelaciones al
entendimiento humano; nos rocían todos los días, cómo un campo al que hay que
purgar de la obra nefasta del liberalismo y la masonería, con su DDT
intoxicante, que refleja la gran verdad invariable, aquella sobre la que se
edificaron imperios de miseria y que llevó a millones de seres humanos al
holocausto.
La cumbre de la cultura occidental.
Seguramente, el Dr. Goebbels sonríe complacido por éstos
torpes émulos, que le han salido, al final del milenio, entre el suave crepitar
de las llamas del infierno, donde purga ad
eternum, por sus pocos escrúpulos de antaño.
Pero este es un mundo de sordos.
Sería muy necesario, en las actuales circunstancias, que los
profesionales de la cosa, y en general toda la sociedad responsable, hiciéramos
un esfuerzo de honestidad no ya periodística, sino intrínsecamente personal,
para intentar salir de este lodazal de mentiras y contramentiras, en el que nos
hemos enfangado unos y otros, en nombre, curiosa paradoja, de la más acrisolada
verdad.
Rafael Cordero Avilés
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